Dolor

A finales de los años 90 y a punto de cumplir 20 años me disponía a comprar mi primer coche después de encontrar trabajo por primera vez en mi vida. La ilusión y felicidad me embargaba. Un sueldo que me daba la independencia económica que anhelaba y toda una vida por delante para disfrutarla.

Mi sueldo: 80.000 pesetas. El coche: un FIAT tipo. Se trataba de un vehículo de segunda mano que me encantaba y que, precisamente tenía un compañero de trabajo con el que no tenía apenas contacto. Siempre lo veía serio, pensativo…imagino que tendría unos 35 años en aquella época; tal vez menos. Lo cierto es que después de conocer la historia que se escondía detrás de esa persona estoy seguro de que envejeció varios años en pocos meses. Llegó a mis oídos que este compañero estaba intentando vender su coche y que le urgía hacerlo. Desconocía el motivo.

El banco no puso muchas trabas. Eran tiempos en los que a los jóvenes se les ofrecía crédito. El préstamo de las 320 mil pesetas que estaba dispuesto a pagar por el fiat tipo 1.4 diésel con el que me imaginaba recorriendo las calles de Sevilla fue concedido y contaba los días y las horas para disfrutarlo. Con el crédito aprobado, ya podía hablar con este compañero para cerrar el trato. Nunca olvidaré esa conversación. Mi intención era negociar con él. 300.000 para el coche y las veinte mil pesetas restantes para el seguro. Esas eran mis cuentas.

– Hola Juan (uso un nombre ficticio para respetar su privacidad).
– Hola Javi, que pasa.
– He oído que vendes tu coche, el FIAT tipo.
– Si, lo tengo en venta ¿Te interesa?
– Estoy buscando un modelo como el tuyo. ¿por qué lo vendes?
– Mi hijo está enfermo y necesitamos un coche más grande y cómodo para trasladarlo a las visitas que debe hacer al hospital.
– ¿Enfermo?¿Que le pasa?
– Cáncer.

No me atreví a preguntar más. Sólo pude trasladarle mi apoyo y ánimo con el deseo de que su hijo se recuperase. Nunca olvidaré sus ojos. Jamás había visto el dolor materializado de esa manera. Un dolor que ahora que soy padre solo puedo imaginar y que espero no tener que vivir nunca.

– El coche está perfecto Javi. Sólo tiene algunas arrugas y desgaste en la tapicería trasera que le ha hecho mi hijo jugando.
– No hay problema Juan. Me interesa tu coche. ¿Cuánto pides por él?
– ¿Cuánto habías pensado tú?
– Tengo un préstamo concedido de 320.000 pesetas. Es lo que en principio me puedo permitir.
– De acuerdo.

Todo fue muy rápido. En dos días el coche estaba transferido y Juan pudo comprar un vehículo mas apropiado para trasladar a su pequeño.

Semanas más tarde dejó de ir al trabajo. Meses después supimos que su pequeño de 7 años murió en sus brazos. Imposible hacerse a la idea de lo que Juan y su familia, como otras tantas, padecieron a través de ese proceso tan inhumano y antinatural como es que unos padres vean morir a su hijo.

Nunca compré una funda para tapar las arrugas y el desgaste que el pequeño de Juan había hecho a la tapicería del coche. Quería dejar su huella. Recordarlo y tener presente que la vida te puede dar el golpe más doloroso que puedas imaginar cuando menos te lo esperas.

Hace poco más de 13 años, anunciaba en este blog el proyecto más importante de mi vida. Darío estaba en camino. En agosto de 2008 obtuve el mayor título que he tenido en mi vida, ser padre de un niño que puso mi mundo al revés y me demostró que no hay nada en la vida mejor que ser padre. Fue ahí cuando una frase a la que no daba mucha importancia adquirió toda su magnitud en mi vida.

No se sabe lo que se quiere a un hijo hasta que eres padre.

Verdad absoluta. Tan cierto como otra frase que escuché recientemente en una película navideña:

El dolor es el precio que pagamos por el amor. Aún así, merece la pena.

Escribo estas lineas a las 01:08 de la madrugada. Sin saber si voy a publicar o no este post. Mi hijo lleva desde el día 24 hospitalizado, por una apendicitis que se ha complicado y le ha provocado una infección grave. Lo va a superar, estoy seguro. En mi cabeza no cabe otra opción. Está en buenas manos. Si lo lees es que todo ha salido bien.

Hoy al mirarme al espejo he prestado atención y he visto en mis ojos el dolor de Juan. Esas grietas rojizas que proyectan el sufrimiento que madres y padres padecemos cuándo vemos a nuestros pequeños sufrir con la impotencia y la frustración de no poder hacer nada por aliviar su dolor.

Mi hijo está sufriendo mucho más de lo que podría esperar un niño de 13 años. Hoy ha sido un día muy duro. Cada día es menos soportable para todos. Está siendo un proceso lento y muy doloroso.

Tanto, que me he tenido que refugiar en mí desactualizado blog para desahogarme compartiendo contigo estos momentos tan angustiosos.

Me repito continuamente lo afortunado que he sido y soy por tener la familia que tengo. Sin embargo, me castigo por haberme preocupado por tantas estupideces que ahora mismo son irrelevantes para mí.

La vida es una montaña rusa en la que para montarse hay que pagar el billete. El día a día nos hace olvidarnos de lo realmente importante. Situaciones como las que yo estoy viviendo ahora te sitúan y te muestran que la suerte no se encuentra en un sorteo como el del próximo día 22 de diciembre.

Diciembre, un mes tan especial para mí será a partir de ahora la alerta que cada año me recordará el dolor de estos días. Me servirá para no distraer mis prioridades.

Preparado para otro día de dolor, apretar los dientes y acompañar a mi pequeño y a la gladiadora que lo acompaña. Dispuesto a pagar el precio que supone llenar mi vida de amor.

Merece mucho la pena.

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