Premio al pagador

Era finales de 2010.

Xtrared tenía pocos años. Trabajábamos bien, teníamos clientes, entregábamos lo que prometíamos. Pero no habíamos desarrollado todavía ningún proyecto de gran repercusión. Éramos una empresa joven construyendo algo que aún no tenía el tamaño suficiente para que nadie nos buscara desde fuera.

Por eso, cuando sonó el teléfono y una voz con dicción de locutor nos comunicó que Xtrared había sido seleccionada para recibir un premio a la excelencia empresarial, lo primero que sentí fue alegría.

Y lo segundo, casi al mismo tiempo, fue una pregunta que me callé:

¿Por qué nosotros?


Hay preguntas que sabes que no deberías hacerte en voz alta. No porque sean inapropiadas, sino porque si las haces en voz alta tienes que responderlas. Y a veces la respuesta te quita algo que todavía no estás listo para soltar.

Así que no la hice en voz alta.

Sandra, mi socia, tampoco.

Estuvimos unas horas alegres. Hablamos de ello entre nosotros con esa mezcla de ilusión y perplejidad que tienen las buenas noticias cuando llegan antes de tiempo. No lo celebramos a lo grande, pero lo sentimos. Eso sí lo puedo decir sin rubor: lo sentimos de verdad.

A todos nos gusta que nos reconozcan. A las personas y a las empresas. Llevas años construyendo algo, pones tiempo y dinero y energía en ello, y la idea de que alguien de fuera lo vea y diga esto tiene valor pesa de una forma que no es fácil de explicar si no lo has sentido.

Eso no tiene nada de ingenuo.

O bueno. Sí lo tiene. Pero es una ingenuidad completamente humana.


Unas horas después llegó el email.

Lo recibió Sandra.

No necesité que me dijera nada. Vi su cara.

Hay caras que explican cosas que las palabras tardarían un párrafo entero en contar. La suya en ese momento decía: ya entiendo por qué nosotros.

Me lo trasladó. Lo leí. Y entendí lo mismo que había entendido ella.

La propuesta era impecable en su forma: el nombre de Xtrared ya maquetado en los materiales, fotografías de galas anteriores, empresas sonriendo con el galardón en la mano. Todo muy bien construido. Todo diseñado para que la decisión pareciera tomada de antemano, para que lo único que quedara por hacer fuera confirmar.

Al final del documento, la cifra.

Cerca de diez mil euros.

No recuerdo haberla comentado en voz alta. Creo que nos miramos y ya estaba todo dicho.


No era un reconocimiento.

O al menos no de la forma en la que yo había entendido la palabra durante toda mi vida.

Porque hasta ese momento siempre había pensado que primero llegaba el mérito.

Y después el premio.

Aquella tarde descubrí que también podía hacerse al revés.

Un producto bien empaquetado que empezaba su proceso comercial haciéndote sentir elegido, para que cuando llegara la factura ya llevaras horas creyendo que te lo merecías.

El criterio de selección no era haber construido algo que valiera la pena. Era estar dispuesto a pagar para que te lo dijeran públicamente.

Y la pregunta que no habíamos querido hacernos en voz alta, ¿por qué nosotros?, tenía de repente una respuesta muy sencilla: porque habíamos contestado al teléfono.


No firmamos. Coincidimos en eso sin necesidad de debatirlo demasiado.

Pero lo que me quedó de aquella tarde no fue la decepción, que también. Fue la claridad incómoda de haber visto con qué facilidad nos habíamos ilusionado los dos. Una empresa joven, con ganas de que alguien de fuera validara lo que estábamos construyendo, y bastó una llamada con dicción de locutor para que durante unas horas dejáramos de hacernos la pregunta correcta.

Eso dice algo sobre nosotros. No algo malo, pero sí algo real.

Dice que también nosotros queríamos reconocimiento. Que también nosotros teníamos ese punto de vanidad empresarial que espera, aunque sea en silencio, que alguien de fuera diga lo que hacéis tiene valor.

El problema no es querer eso.

El problema es cuándo empiezas a confundir reconocimiento con visibilidad. Y cuándo una empresa decide pagar por parecer reconocida en lugar de invertir ese tiempo y ese dinero en construir algo que merezca serlo de verdad.


Con los años he recibido más llamadas parecidas. La dicción de locutor siempre es la misma. El proceso comercial, también.

Ahora la pregunta ¿por qué nosotros? la hago en voz alta desde el principio.

Es más rápido para todos.

Y mientras tanto, seguimos haciendo lo único que de verdad nos importa: que los clientes que llevan con nosotros años sigan eligiéndonos. No porque les hayamos mandado un email con materiales maquetados. Sino porque algo de lo que construimos juntos sigue funcionando.

Eso no viene en ningún galardón.

Pero es lo único que, con el tiempo, no necesita explicación.


Un reconocimiento solo vale si el mérito pesa más que la factura.f