Un coworking en Sevilla. 2014.
Una sala pequeña, sillas plegables, un proyector que tarda en enfocar. Silvia —la llamaremos así—, clienta de Xtrared, está de pie, a punto de contar cómo su distribuidora hortofrutícola del Aljarafe, un negocio tradicional de toda la vida, había dado el salto a lo digital.
Era su primera charla. La habíamos preparado con ella: la presentación, el guion, hasta cómo colocar las manos cuando los nervios aprietan.
Sandra, mi socia, estaba sentada en primera fila. No como socia de Xtrared. Ese día se ponía otro traje: el de responsable de comunicación de Silvia, acompañándola en su gran momento.
Empieza la exposición. Va bien. Va mejor que bien.
Y en el turno de preguntas, alguien levanta la mano.
Pero antes de contarte lo que pasó, tengo que llevarte a 2012.
Ese fue el año que la crisis, la de verdad, la que pensábamos que le iba a tocar a otros, nos tocó a nosotros. Y cuando te toca, tienes que tomar decisiones que no sabes tomar bien la primera vez que las tomas.
La peor decisión que he tenido que dar la cara: despedir a compañeros.
No voy a dramatizar algo que ya fue suficientemente duro sin necesidad de adornarlo. Lo que sí te voy a decir es que en esos meses, hablando con el equipo, con la angustia de quien no sabe si va a poder pagar las nóminas del mes siguiente, dije cosas. Cosas sinceras. Cosas que en su momento me parecieron una explicación honesta de una situación imposible.
No medí cómo esas palabras iban a viajar cuando yo ya no estuviera delante para darles contexto.
Esa es la cicatriz. Y tardé dos años en verla del todo.
Vuelvo al coworking.
La mano levantada era de un desarrollador web, uno de los que compartía espacio en aquel coworking. Le pregunta a Silvia:
—¿Quién os ha hecho la web?
Silvia, orgullosa, sin sospechar nada: —Xtrared.
Y él suelta un «uf, no me digas» que deja el ambiente un poco raro. Sigue. Dice que tiene entendido que en esa empresa las cosas iban fatal. Que el propietario —o sea, yo— despedía gente diciendo que no tenía ni para pagarse la hipoteca. Que todo el equipo había salido corriendo de allí.
Y ahí está: la misma frase de 2012. La que dije en un momento de vulnerabilidad real, delante de mi equipo, para que entendieran la gravedad de lo que estaba pasando. Dos años después, convertida en cotilleo de coworking, deformada, servida como argumento de venta ante un cliente que no era suyo.
El tipo seguía hablando. No tenía ni idea de que, dos asientos a su derecha, estaba sentada la fundadora de la empresa a la que estaba «destrozando».
Cuando Silvia terminó su exposición, Sandra se levantó.
Se puso junto a ella, le dio la enhorabuena delante de todos. Y entonces se giró hacia la sala:
—Buenas tardes, soy Sandra Jiménez y soy socia fundadora de Xtrared.
Silencio. Ese silencio con más tensión que el de un baño de bar sin pestillo.
Al desarrollador se le empezó a subir el color a la cara mientras Sandra seguía, tranquila, sin levantar la voz:
—Somos una empresa que empezó en 2005. Casi diez años ya trabajando para clientes de todo tipo, a nivel local, nacional e internacional. Si algo nos ha permitido seguir creciendo es centrarnos en nuestro trabajo, colaborar y respetar a las personas de nuestro sector. Siento mucho que en ocasiones, como habéis podido comprobar, no recibamos el mismo trato que nosotros damos.
No hizo falta decir nada más. El director del coworking se puso en pie. Aquello terminó dejando una lección para quien había intentado ganarse a un cliente hundiendo el trabajo de otro.
Pero para mí no terminó ahí.
En cuanto me enteré de lo sucedido, llamé personalmente al director del coworking. Quería que me explicara qué había pasado en su casa.
Se disculpó. Y me contó la solución que había decidido aplicar: a partir de entonces, no se impartirían más talleres sin saber antes para qué empresa trabajaba cada asistente.
No sé a ti. A mí esa solución no me convenció.
El problema nunca fue que en la sala hubiera alguien trabajando para una empresa concreta. El problema fue que alguien se sintió con derecho a hundir el trabajo ajeno delante de un cliente que no era suyo. Controlar quién está sentado en la sala no arregla eso. Solo lo esconde mejor.
Pero bueno. No era mi coworking.
Aquello tampoco me dejó tranquilo a mí. Necesitaba saber de dónde había sacado esa historia. Até cabos, y el desarrollador no había trabajado en su vida con nosotros. Pero era amigo de alguien que sí: un chico que había hecho prácticas en Xtrared, luego lo contratamos un tiempo corto, y prescindimos de él. No se lo tomó bien.
Llamé a ese extrabajador. Le pregunté directamente si había estado hablando así de nosotros.
Le tembló la voz. Me dijo que no.
Yo sabía que sí.
No insistí. Le pregunté qué tal le iba y le deseé mucha suerte.
Durante mucho tiempo conté esta historia pensando que iba de Sandra. De su templanza. De cómo giró una situación incómoda sin perder las formas.
Y sí, va de eso. Pero no solo.
Va también de mí. De lo que dije en 2012 sin pensar en su recorrido. Y va de quien se lo llevó consigo: un chico al que tuvimos que dejar ir, que dos años después seguía cargando con eso lo suficiente como para contárselo a un amigo. Y ese amigo, sin saberlo, lo soltó delante de la persona equivocada.
No hizo falta que se lo reprochara. Le tembló la voz cuando lo negó. Con eso me bastó.
Podría haberle dicho lo que sabía. Podría haber colgado con la satisfacción de haberle pillado.
Preferí preguntarle qué tal le iba.
No tienes control sobre adónde va lo que dices en un mal momento, ni sobre lo que se lleva consigo alguien al que dejas ir. Pero sí tienes control sobre cómo lo dices, y sobre qué haces el día que descubres dónde ha ido a parar.
Cuidado con lo que cuentas a tus empleados. Y cuidado con cómo te despides de ellos. Las dos cosas viajan igual de lejos.
Javier Rodríguez · Fundador de Xtrared
Construyo sistemas digitales para empresas que quieren crecer sin improvisar.