Alfonso llegó a comerse el mundo. Se comió un despido en dos meses.

No estuve en esa reunión.

Me la contaron después, con el detalle que se cuentan las cosas que a alguien le han dejado mal cuerpo: el rotulador de pizarra recién estrenado, el portafolio nuevo sin una sola marca de uso, el café que nadie llegó a tocar.

  1. Cliente internacional. Sala de reuniones del departamento de comunicación.

Ese día se incorporaba Alfonso. Diseñador gráfico. Primera reunión con el equipo, ampliado con nosotros, la agencia que llevaba meses trabajando la cuenta.

No llegó a presentarse.

Llegó a corregir.

—No sé cómo se ha hecho esto así.

—Esto ya no responde a las tendencias del sector.

—Entiendo que no habréis tardado más de una hora en hacer esto.

Tres frases. Me las repitieron casi textuales, porque a quien las escuchó le quedaron grabadas. Ninguna era una pregunta. Ninguna buscaba entender por qué se había tomado cada decisión, qué llevaba meses funcionando, qué resultado sostenía aquel trabajo antes de que Alfonso cruzara la puerta.

Solo demolición.

Duró menos de dos meses en la empresa.

Y no fue por nuestra culpa.

Alfonso llegó para demostrar que valía más que lo que ya existía, y lo único que consiguió demostrar fue que no sabía trabajar con nada que existiera antes que él.

Quiso construir su valor sobre las ruinas del trabajo ajeno.

Y descubrió, en menos de sesenta días, que ese terreno no sostiene a nadie.

¿Por qué alguien que se incorpora a un puesto de comunicación cree que el camino más rápido hacia arriba es tirar por tierra lo que ya funciona?

Con los años he aprendido que esa estrategia no nace de la seguridad. Nace de la falta de ella.

Cuando alguien todavía no tiene criterio propio construido, necesita atacar el criterio ajeno para parecer que lo tiene. Es más fácil señalar un error, real o inventado, que proponer algo mejor y sostenerlo con resultados. Es más rápido demoler que construir.

Pero lo rápido, en comunicación, casi nunca es lo que dura.

Y hay algo previo que Alfonso se saltó por completo, algo que no tiene que ver con talento ni con tendencias: escuchar antes de opinar. Entender antes de aportar.

Si alguna vez has dirigido un equipo, una agencia o un departamento, sabes exactamente de qué hablo. Has visto entrar a alguien con ganas de comerse el mundo y le has visto, semanas después, comerse solo una esquina.

Y si alguna vez has sido tú el que llegaba nuevo, con prisa por dejar huella, probablemente también reconoces la tentación.

Yo la reconozco. Pero no en esa reunión, porque en esa no estuve.

La reconozco en otras, más antiguas, mías.

De las pocas cosas que creo haber hecho bien en la vida, una es poner en valor el trabajo de los demás antes de tocarlo.

No nací sabiendo hacerlo.

Me ayudó, y mucho, la literatura de Dale Carnegie. Aquella idea, sencilla y devastadoramente eficaz, de que a las personas les mueve mucho más sentirse comprendidas que sentirse corregidas. Que el reconocimiento sincero abre puertas que la crítica, por acertada que sea, cierra de un portazo.

Aprendí que antes de cambiar algo, hay que entender por qué está así. Que casi siempre, detrás de una decisión que parece un error, hay una razón que alguien tomó con la información que tenía en ese momento. Y que ignorar esa razón, saltártela para lucirte tú, no te hace parecer más capaz.

Te hace parecer alguien que no sabe trabajar con otros.

Esa lección no me la enseñó ningún cliente. Me la enseñó un libro que leí hace años y que sigo aplicando cada vez que entro en un proyecto que no empezó conmigo.

Volviendo a Alfonso: lo que no entendió es que el cliente no estaba comprando una opinión sobre tendencias. Estaba comprando continuidad, coherencia y resultados sostenidos en el tiempo.

Y cuando alguien nuevo entra atacando lo que ya funciona, no está proyectando cualificación.

Está proyectando inseguridad con muy buena presentación.

La dirección no tardó en notarlo. Las direcciones nunca tardan tanto como uno cree.

Aquella incorporación no fracasó por falta de talento. Probablemente Alfonso lo tenía, y probablemente bastante. Fracasó por elegir el atajo equivocado hacia la credibilidad.

Porque la credibilidad no se construye tirando abajo lo que otros levantaron.

Se construye escuchando primero, entendiendo después, y demostrando con criterio y con tiempo que tú también sabes levantar algo que aguante.

No estuve en esa reunión. Habría sido muy incómodo para mi presenciar como una persona pretende abrirse camino destruyendo el trabajo de los demás.

Alfonso no llegó a aprender en dos meses que nadie te contrata para que le des la razón, pero tampoco para que le lleves la contraria antes de haberle entendido.

Quería que su primera reunión fuera la que le abriera camino en la empresa.

Fue, sin que él lo supiera todavía, la que se lo cerró.

PD. Lo único que no es real de esta historia es el nombre del protagonista.

Javier Rodríguez · Fundador de Xtrared

Construyo sistemas digitales para empresas que quieren crecer sin improvisar.